De Jacobo aprendí…

JACOBO

 

A mí no me tocó escuchar aquella mítica crónica del terremoto de 1985 de Jacobo Zabludovsky. No, a mí tampoco me tocó ver en vivo la crónica de la llegada a la Luna, la entrevista a Dalí o la entrevista a Maradona en 1982.

En 1993 nació mi único hermano, lo cito, porque no podría no recordar que con tan sólo seis meses de edad y con un llanto inconsolable sobre su cuna, vi en 1994 junto a él aquella transmisión en donde informaba al pueblo de México, en vivo, que el candidato presidencial del entonces partido gobernante había sido asesinado.

Mentiría si dijera que fue alguna de las anécdotas anteriores la que me conmovió o me motivó a ser periodista. Conocí a Jacobo muchos años después. Fue a través de la radio, si bien no fue el medio que lo encumbró, sí uno en el que me tocó disfrutarlo y por lo menos, me parece, también a él.

Nunca fue en persona, siempre fue a través del 88.1 de f.m. o en años recientes a través del internet o de su columna Bucareli. En la primera, reconocer siempre el dulce al paladar de escucharlo hablar al final del noticiero sobre el tango, compartíamos ese gusto por la voz de Gardel. De la columna fue leerlo los lunes, escribía de lo que quería y le daba la gana, su impresionante memoria le daba para hablar de lo que gustara y tuviera ganas.

En la televisión, mis recuerdos sobre la imagen de Jacobo se reflejan más en sus últimas apariciones en la cadena ESPN en los Juegos Olímpicos de Londres y el mundial de futbol de Brasil. Su memoria, digna de un periodista que comía libros y acomodaba en columnas sobre su buró el orden de las lecturas para las siguientes semanas, hasta cinco libros llegaba a tener en la lista de espera.

De los tangos que me compartiste por las tardes el que guardé fue “Fierro chifle”. En su primer estrofa dice así: “Vos naciste un martes trece, fierro chifle, y es por eso, de que andás siempre en la mala, sin poderte acomodar”, un tipo con la más mala de las suertes. No fue tu caso, que la historia de tus padres, como la tuya y de tu hermano, y la de cualquier judío se basa en el trabajo, en el salir adelante.

Pero no, no fue ninguna de las anécdotas anteriores la que me marcó, la que me hizo crear un vínculo más allá que los dos éramos periodistas.

En diciembre de 2010 vi con dolor la muerte de mi padre, que como cantaba nuestro amigo en común, Carlos Gardel el “mudo”, en el Tango de la Muerte “Quien me lloraba se ha muerto y esa muerte me ha matao”.

La corbata de Jacobo fue siempre negra, símbolo de luto, de luto de la muerte de su padre, del dolor y respeto que le tuvo a su progenitor, que pese a las alegrías profesionales y personales que le dio la vida al “licenciado” siempre lo acompañó el dolor de la pérdida de su padre.

El día de mi graduación de licenciatura, seis meses después de la muerte de mi padre, la corbata que utilicé fue negra. Sí, a Jacobo le aprendí que el luto de la muerte de mi padre sería para toda la vida, pero también le aprendí que la vida es suficientemente maravillosa como para maravillarse de la vida misma.

La música

*Fotos: Carlos “Lennon” Hernández y Fer “Pollo” de Landa

Las comidas familiares, reuniones con amigos y eventos sociales de cualquier índole que organizaran mis papás tenían siempre de fondo música. A no ser cuando era 24 o 31 de diciembre, que en el fondo se escuchaban esas terribles canciones de villancicos en inglés y “Frosty de snowman”, todas las reuniones comenzaban con Ray Conniff.

Compositor de música instrumental y melodías suaves a mediados del siglo XX, Ray Conniff podría ser un completo desconocido para muchos de nosotros en la actualidad, para mi papá era posiblemente uno de los vínculos más fuertes que tenía con su distante padre.

A la par que escribo estas líneas, en Spotify suena Brasil de Ray Conniff (tara tata tara tara); se abre el cajón de las esencias.

En mi casa, al igual que se escuchaba Ray Conniff, mi padre ponía Piotr Ilich Tchaikovsky, a Mozart, Herb Albert, Donna Summer, Earth, Wind and Fire, Chicago, Deodato o Toto, entre muchos muchos otros. Cuando las cosas se ponían un poco más populares mi madre era la encargada de hacer sonar a Mi Banda el Mexicano, a Juana la Cubana (que por cierto su ritmo es sabroso como jugo de manzana), Juan Gabriel, Ana Gabriel, Isabel Pantoja, Jorge Muñiz, Gloria Estefan, Emmanuel, Luis Miguel o hasta llegar a Silvio Rodríguez pasando por los Joaquín Sabina. Mi casa siempre ha estado pintada de música.

Cuando se hablaba de música en mi casa, mi padre siempre llevaba la batuta. Generalmente de pocas palabras él, pero siempre certero en sus comentarios, se expresaba a través de lo que escuchaba y era así como transmitía el cúmulo de sensaciones que le provocaba todo lo que escuchaba.

Jorge Valdano, ex jugador y poeta del futbol, suele decir que en la mesa de los apóstoles del futbol (valga la irreverencia) sólo se pueden sentar Maradona, Pelé, Cruyff y Di Stefano. En la mesa de los apóstoles de la música de mi padre también habría cuatro: Ringo, Paul, George y John, los Beatles.

Siempre que compartíamos algún momento de hijo y padre, basta con que fuera ir en el coche y apareciera alguna canción de los cuatro de Liverpool, la expresión de mi papá era la misma: “es que son unos fregones” y de ahí comenzaba la lluvia de anécdotas o de recuerdos sobre su admiración a esos que muchos admiran pero que muchos odian también.

Si bien es cierto que admiraba mucho a los Beatles en general, John y Paul eran la imagen más clara de la beatlemanía de mi padre. Recuerdo aquella vez frente al edificio Dakota en que mi padre tomaba fotos al por mayor de todos los rincones de la fachada donde años atrás había muerto John Lennon, recuerdo que no era morbo, era melancolía quizás de saber que uno de sus ídolos se había ido ahí donde estaba parado.

Recuerdo también mayo de 2010, Paul McCartney tocaba en la Ciudad de México, con muchos meses de anticipación teníamos boletos para ir al concierto, viene a mi mente cuando caminaba yo a las afueras del Foro Sol y más allá de la ilusión de verlo yo, era saber lo que significaba para mi padre ver por primera vez a un beatle.

En secciones separadas, mi padre decidió por la comodidad de los asientos y yo por la efervescencia de los lugares generales, el concierto lo resumiré en melancolía, felicidad y lágrimas.

Mi abuelo, abuelo de mi padre,  estaba en el hospital desde semanas atrás, mi papá estaba al pendiente de él día y noche y en esa ocasión se había permitido encontrarse con uno de sus apóstoles de la música. Al otro día del concierto reflexioné con mi papá sobre la noche anterior y cuando le cuestioné qué le había parecido me respondió, “no lloré por respeto a tu abuelo”. El abuelo murió pocas semanas después.

If you were here today.
Ooh- ooh- ooh- here to – day.

But as for me,
I still remember how it was before.
And i am holding back the tears no more.
Ooh- ooh- ooh- i love you, ooh.

 

Los otros 43

43

*Cartel de Irwin Homero Carreño. 

En 1876, Charles Renouvier filósofo francés escribió su obra Ucronía: Esbozo histórico apócrifo del desarrollo de la civilización europea tal como no ha sido, tal como habría podido ser. Su libro creó una nueva forma de entender y ver la historia, el de la historia contrafactual, el de la utopía, el “y si no hubiera sido esto”, el “y si hubiera sido lo otro”.

La historia contrafactual se utiliza como un método de análisis histórico o cómo el de creación literaria. De igual modo opera bajo dos situaciones: el primero, encontrar un punto de desajuste o diferente respecto a lo que en realidad ocurrió (ej: si el héroe muere o no muere), y la segunda, reescribir la historia a través de lo que cambiamos en la divergencia (ej: si el héroe murió en la realidad ahora escribir la historia bajo el supuesto de que no hubiera muerto).

Lo contrafactual sirve para hacernos preguntas como: ¿Qué habría pasado si el EZLN hubiera tomado la capital del estado de Chiapas? ¿Qué habría pasado si Colosio se tropieza un segundo antes de recibir el primer disparo en la cabeza? ¿Qué hubiera pasado si los aztecas hubieran derrocado a los españoles? ¿Qué hubiera pasado si Huerta no manda asesinar a Madero? ¿Qué hubiera pasado si Hugo Sánchez no falla el penal contra Paraguay en el 86? O incluso si el propio “Pentapichichi” entra de cambio para los penales del mundial de Estados Unidos 94 ¿Qué hubiera pasado?

Hace algunas semanas bajo el clima de la contingencia ambiental fui obligado a dejar de circular y con ello buscar alternativas para poder llegar al trabajo. Para mi suerte y como alguno de los privilegios de trabajar en una universidad, una de las prestaciones es poder utilizar los camiones de transporte de los alumnos, es decir el problema estaba resuelto.

Ya dentro del camión y en alguna de las paradas establecidas que realiza para recoger a los estudiantes me traicionó la cabeza y el miedo de pensar que mientras uno de los estudiantes subiera algún grupo de delincuentes intentara acceder al autobús a asaltarnos, y en el peor de los casos intentaran secuestrarnos. Pensé en los 43 de Ayotzinapa.

En septiembre de 2014, 43 estudiantes de la normal Isidro Burgos de Ayotzinapa fueron secuestrados, asesinados, quemados con diésel, gasolina, neumáticos y plásticos, después arrojados al río San Juan, ahí mismo en Iguala, Guerreo. Se le llamó la verdad “histórica”, la historia del gobierno.

Mientras iba rumbo al trabajo no podía no pensar en que habría pasado si los estudiantes hubieran sido de la UNAM, una institución con un presupuesto para este año 2016 de más de 11 mil millones de pesos y con más de 342 mil estudiantes hasta el último año. ¿Cómo habrían sido las protestas y la indignación social por la muerte de 43 estudiantes de la máxima casa de estudios?

Pensaba por ejemplo en si los más de 342 mil alumnos que conforman la comunidad estudiantil de la UNAM habrían querido continuar sus clases mientras 43 de sus compañeros se encontraban desaparecidos a manos de policías de la Ciudad de México, del Estado.

Pensaba en las Facultades de Estudios Superiores de la Universidad Nacional en Ciudad Universitaria (Sur), en Aragón (Poniente) o las de Acatlán y Cuautitlán Izcalli (Norte), el coraje y la desesperación de padres, de familiares, amigos y en general de la sociedad. Pensaba en la posibilidad de que contrario a hacer marchas en Reforma, cerraran las carreteras, “no sale nadie de la capital hasta que aparezcan los estudiantes, hasta que sepamos con certeza de ellos” me imagino dirían.

Pensaba por ejemplo en la presión internacional de que estudiantes de una de las mejores 10 universidades de América Latina, base de la investigación y el desarrollo científico de México, de la institución formadora de los tres premios nobel mexicanos, se encontraran desaparecidos, no se supiera de ellos y la verdad “histórica” estuviera lejos de ser verdad.

Pensaba también en la posibilidad de que los 43 estudiantes fueran de una universidad privada, de una de las más prestigiosas del país, de una de esas donde los coches de los alumnos no se miden en miles, sino en cientos de miles de pesos o incluso en millones de pesos, que entre los desaparecidos existiera algún apellido de un hijo de presidente o dueño de una empresa de esas que cotizan en la Bolsa de Valores, sólo pensaba en la posibilidad, cualquiera diría con lógica que ellos no viajan en autobús escolar, ellos viajan en camionetas blindadas y con guaruras, sólo pensaba en la posibilidad.

Han pasado más de 18 meses de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la verdad está lejos de saberse, ¿la verdad de quién?, simplemente la verdad. Esa que es capaz de dar, si es que existe, paz a sus padres.

La historia contrafactual es un ejercicio de análisis histórico que nos permite revisar aquello que fue y que quisieramos que fuera diferente o que por lo menos imaginamos diferente. Un ejercicio que nos recuerda que en esta vida no todos los humanos valemos lo mismo, que algunos nos convertimos en cifras y otros valemos en cifras.

 

La vida

La vida

Foto: Carlos “Lennon” Hernández

La última vez que vi con vida a mi padre tuvimos una discusión sobre el último vaso de agua del refrigerador. La mañana siguiente intentaba con masaje cardíaco y con respiración de boca a boca el hacerlo regresar a la vida, que sus ojos se abrieran o que su cuerpo tuviera alguna reacción que me demostrara que aún estaba en este mundo, recuerdo los golpes desproporcionados del algún familiar para hacer que su corazón volviera a latir. Mi padre estaba muerto.

Un par de años después, bajo el dolor terrible de la depresión, del no poder digerir la pérdida, y la vida misma, mi hermano mayor me regaló un chupón de color rosa, tardé poco más de dos segundos en entender que él sería papá por segunda vez y que la primera niña de la familia venía en camino.

Como habrán de imaginar, nueve meses después llegó Valentina, es lo más hermoso que he visto en la vida, tiene una sonrisa que enloquece, hace lo que quiere, huele a dulce y salado, se mete en el bowl para comer palomitas, le gusta el helado de vainilla y, sobre todas las cosas, tiene el cabello chino.

En el álbum de fotografías de mi bautizo, mi bisabuelo, el hombre más sabio y brillante que he conocido, me escribió “La vida es grata, guarda en fotografías lo mejor de ella”. La encontré más de 20 años después de cuando él la escribió mientras buscaba en el pasado respuestas a esta vida que con frecuencia huele a flores, pero a mierda también.

La vida es un viaje maravilloso, es un lugar único en donde existe el amor, la paz, el perdón, la tristeza, las alegrías, las decisiones, los noviazgos, el sexo, la música, la familia, los besos, las flores, los colores, el maravilloso olor a tierra mojada, el cine, el olor a pasto recién cortado, el agua de la lluvia sobre los cristales, el desamor, las noches y los días, los amigos, los atardeceres, los libros, los hermanos, los sobrinos, los matrimonios, los abuelos, los hijos, los nietos, el miedo, el dolor, el sonido del mar, los detalles, pero sobre todo el tiempo, el maldito tiempo que nos recuerda que este viaje es sin regreso, que la vida es sólo una.

Este reloj de cuerda, que mide el tiempo, es la vida que se hace de instantes, de fotografías, de detalles, de pequeños momentos que nos recuerdan todos los días que estamos vivos, que mientras unos llegan otros se van, que perdemos el tiempo en la melancolía de que lo que fue ya no será y de lo que anhelamos que sea nunca es como lo soñamos, perdemos de vista la vida misma.

La última vez que vi a mi padre fue hace cinco años, en aquella alegre discusión sobre el último vaso de agua del refrigerador, que era de naranja por cierto, me cuestionó que quién hacía el agua tenía el derecho sobre ella, tenía razón. El muy descarado sonrió y me lo regaló, tomó refresco su última noche, es la última fotografía que tengo vivo de él.

Como dijera mi bisabuelo “la vida es grata”, guardo en fotografías lo mejor de ella y también, de vez en cuando le escribo a este lugar maravilloso por el que pasamos una sola vez.

*A Fer y Gaby.

 

Ghiggia, los números y Karajan

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Foto: Víctor Hernández

La numerología es el arte de adivinar el futuro o entender el pasado a través de los números. Esta “ciencia” busca dar respuesta a la relación que existe entre las personas y los números que les rodean, ya sea desde la fecha en que nacen, el día en que comienzan una relación o hasta el número de casa en donde viven.

El 16 de julio de 1950 todo estaba listo, incluso el discurso del propio presidente de la FIFA, el francés Jules Rimet, sólo faltaba como solemos decir los mexicanos “la cereza del pastel”, faltaba que Brasil derrotara o empatara contra Uruguay para que fuera campeón del mundo en su propia casa.

Ese día, Alcides Edgardo Ghiggia, extremo uruguayo de buena zancada, desbordó por la pradera de la derecha en dos ocasiones. En la primera, entregó pase como con la mano a Alberto Schiafino, quien puso el empate tras ir uno cero abajo en el marcador contra los anfitriones y ante la mirada atónita de 200 mil personas. Para el segundo desborde, primero se quitó del camino a Joao Ferreira “Bigode” y tras él a Juvenal, a diferencia de la primera jugada, Ghiggia en esta decidió disparar fuerte, abajo y a la esquina, Uruguay era campeón del mundo.

Eduardo Galeano, poeta del futbol, solía decir que en Uruguay las maternidades hacen un ruido infernal puesto que los bebés del país sudamericano se asoman de entre las piernas de su madre gritando gol, rompen el silencio y la tensión de la esperada llegada del invitado más importante.

Ghiggia, que nació un 22 de diciembre de 1926, dudo que haya gritado gol al nacer, pero estoy convencido de que el 16 de julio de 1950 sus números se alinearon para hacer gritar la hazaña más grande en la historia del deporte mundial.

Otro 16 de julio pero de 1989, murió Herbert Von Karajan, uno de los mejores directores de música clásica del siglo pasado, criticado por haber pertenecido al régimen Nazi y venerado por haber dirigido a la Orquesta Filarmónica de Berlín por más de 35 años, posiblemente la mejor de la segunda mitad del XX.

Karajan solía decir que trabajaba entre 300 o 400 horas por sinfonía: “esto no es para familiarizarme con la obra, sino perfeccionar la interpretación hasta un extremo tal y de un modo tan natural que la idea subyacente, por ejemplo, en una sinfonía de Beethoven se vuelva primordial” afirmaba el obsesionado de la perfección, del “superesfuerzo” y la excelencia.

En alguna conversación con el director técnico de la República Federal de Alemania, Karajan comentó: “En cier­ta manera, los dos estamos sobre el mismo bar­co; ambos tenemos un equipo que debe rendir al máximo. La diferencia está en que yo les in­fluyo durante la acción, mientras que usted se limita a permanecer sentado observándolos. En su opinión, “¿por qué cree que los músicos de mi orquesta son unos espectadores fanáti­cos de fútbol?”, y él mismo respondió: “Quizá envidien a mis jugadores porque éstos ignoran la batuta. Para sus músicos, ver un partido es una especie de compensación…”.

El futbol, al igual que la música clásica, buscan la perfección en cada nota, en cada trazo, en cada cambio de juego, el olor del pasto húmedo, los tachones de colores y los uniformes de los 22 jugadores, se sustituyen por el silencio, el brillo de los instrumentos, los smokings y el sonido de 120 músicos bajo la orden de la batuta.

El 5 de abril de 1908 nació en Salzburgo, hoy Austria, Herbert Von Karajan. El mismo día, pero poco más de 100 años despúes fue que dije adiós al futbol, no fue una noche épica, no desbordé por los costados, ni metí el gol definitivo, lo más cerca que estuve de la gloria fue un tiro cruzado que reventó en el travesaño para colgarse de un “uuuuuuuuhhhhhhhhh…” de la tribuna, bueno, por lo menos así lo quiero recordar yo.

Ghiggia murió el 16 de julio de este año, 65 años después del “Maracanazo” y 26 años después de la muerte de Karajan. El día que nació el director austriaco fue el día que dije adiós al futbol, nunca quise ser músico, ¿futbolista? quizás, aunque mi numerología no me favoreció, nací con dos defectos: siempre quise jugar de delantero y ser zurdo, fui portero y diestro.

 

El amor, los homosexuales y los prejuicios

MANOS

“Para mí el amor sólo es real cuando se procrea, sino no es amor” afirma una amiga muy devota y que conoce y vive de manera intensa su espiritualidad y su vida religiosa, cuando le cuestiono sobre los matrimonios homosexuales.

Bajo este mismo argumento, la Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó que los códigos civiles de las entidades son inconstitucionales si consideran al matrimonio, únicamente, como la unión entre un hombre y una mujer, y que tenga a la procreación como fin último.

Hace unas semanas, un par de amigos de mi novia, Álvaro y Roberto, la invitaron a lo que sería su fiesta de despedida pues habían tomado la decisión de irse a vivir juntos. La familia de Roberto fue la encargada de organizar la reunión que incluía a familiares y amigos de este.

La “salida del clóset” de Roberto fue muchos años atrás, en el transcurrir de la secundaria a la preparatoria, ante la decepción de sus mejores amigas, pero nunca bajo el cuestionamiento, de que el “más guapo” de los amigos era gay. Asimismo, bajo el duro estigma de una familia, pero sobre todo de un padre machista y con prejuicios más que duros sobre la homosexualidad y la labor del hombre en esta sociedad, decidió decirle al mundo lo que sus preferencias sexuales indicaban y le hacían sentir.

Si bien conocía poco a Roberto y a Álvaro, sabía del cariño y respeto que su familia les profesaba a ambos, que pese a lo complicado de enfrentar que tu hijo no tenga las preferencias sexuales como uno mismo o como una sociedad conservadora nos ha querido hacer creer que es la única o la correcta, el reconocimiento del padre de Roberto sobre sus preferencias se basa en el simple y sencillo respeto, pero sobre todo por el amor entre ellos.

Tras brindar con un poco de vino, llegó la hora de los regalos, los abrazos y las palabras. Con el paso de los regalos y los miembros de la familia, llegaron los discursos de agradecimiento entre algunas lágrimas que corrieron.

En un par de regalos, se acercaron dos sobrinos de Roberto de no más de seis u ocho años edad. Robó mi atención la naturalidad y el respeto con que los dos entregaron los presentes y con un beso y abrazo felicitaron a los dos por el proyecto en común de vivir como pareja. Los niños a diferencia de nosotros los adultos, carecen de prejuicios, esos los creamos nosotros y se los inculcamos nosotros a ellos.

El informe más reciente de la Comisión Ciudadana contra los Crímenes de Odio por Homofobia (CCCOH) indica que en los últimos 19 años se han cometido mil 218 homicidios por homofobia en México, lo que nos convierte en el segundo lugar a nivel mundial por este tipo de crímenes, lista que encabeza Brasil, otro país de América.

El estudio realizado con base en reportes periodísticos de todo el país por la organización civil Letra S Sida, Cultura y Vida Cotidiana, que abarca el periodo de 1995 al 2014, indica que de 2005 a la fecha existe una tendencia al aumento de homicidios motivados por el “prejuicio homofóbico”.

Según el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación en nuestra sociedad existe una “tendencia homogenizante” que piensa y defiende la heterosexualidad dominante y, a partir de ella, descalifica a las personas con una preferencia u orientación sexual diferente a la heterosexual. Se les suele considerar como incompletas, perversas o hasta inmorales, lo que produce desprecio, odio y rechazo.

Los “prejuicios homofóbicos” del papá de Roberto se convirtieron en comprensión, tolerancia y respeto, más allá de por su hijo, por el del prójimo, que al igual que todas las personas contamos con los mismos derechos y obligaciones, con la misma libertad de amar y ser amados.

¿Qué sería del amor de los sobrinos de Roberto hacia él y su pareja, si en su casa les hubieran enseñado el odio y la homofobia contra las personas con preferencias sexuales distintas a las de ellos? ¿Qué pasaría si uno de nuestros seres queridos fuera parte de esa cifra de crímenes de homofobia?